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Alfonso, el protagonista, camina a paso rápido por la calle, mirando el reloj y teniendo siempre en mente la cita a la cual no debe llegar tarde. Suenan nueve campanadas y se encuentra justo frente a la puerta donde lo recibe una mujer que por la luz y el juego de sombras no puede visualizar bien.

La nota que le llegó el día anterior claramente decía que la Señora Magdalena y Amalia, su hija, lo esperaban a cenar a las nueve, y ahí es donde se encontraba justo a la hora correcta. Entró y se desilusionó un poco por la escases y frialdad de la casa y los muebles del recibidor, sin embargo, cuando llegó al salón donde lo esperaban, se da cuenta que todo es claramente como lo imaginó, elegante, atractivo y formal. Junto a lo que puedo imaginar como la parte principal del salón, se encuentra el retrato de un hombre de barba partida y boca grosera.

Por supuesto que la Señora Magdalena y Amalia, tenían un parecido muy grande y la imagen de una aparecía en varias ocasiones en la cara de la otra, lo cual confunde y distrae a Alfonso, quien poco a poco se adentra a las pláticas, comienza a sentirse más cómodo y relajado gracias a la bebida ofrecida.

Durante la conversación, el protagonista nota que Amalia interrumpe en varias ocasiones su hablar por suspiros que demuestran una tristeza en su cara. Después de algunos temas un tanto universales y otros más personales, invitan a Alfonso al jardín al cual se dirigen los tres. Las dos mujeres comienzan a describir las flores y plantas en él, sin embargo, él asegura que no existen y opta por solo escuchar y en algunas ocasiones contestar a lo que le preguntan.

La conversación, el cansancio y el alcohol en su sangre comienza a invadirlo hasta dejarlo dormido bajo el emparrado. Cuando vuelve a abrir los ojos, se da cuenta que hay una conversación entre ellas sobre un capitán de Artillería, su viaje a Francia y Berlín, su inmenso anhelo por conocer París y la desgracia de perder la vista justo antes de conocerla. No sabe qué decir, ni siquiera si debe contestar hasta el momento que le dicen que él será el encargado de contarle el viaje, las imágenes y todo aquello que el capitán no puedo ver.

Así, lo arrastran hasta la sala donde logra ver el retrato como un espejo, como una imagen tan parecida a él.

Regresa la imagen de las calles, del reloj, de las nueve campanadas, la puerta, su imagen con una flor que él no había cortado.


 

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    Abril 2013

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